DESENCANTAR A LA MOURA EN LA NOCHE DE SAN JUAN.

En la Celtia internacional se celebra durante la noche del 23 a 24 de junio la fiesta de la luz, del fuego. Un canto poético a Ignis, la luz en su máxima expresión, durante el Solsticio de verano. Fiesta atlántica del Lughnasad, dedicada a Lug, adjetivo o epíteto de la divinidad celta solar que identificamos como “El blanco”, “el albo”, “el resplandeciente”, que posteriormente será romanizado bajo la forma de Apolo, y cristianizado como el fuego dedicado al Paráclito San Juan Bautista.
Entramos en el momento del calendario celta de la luz. El disco solar está en su máximo apogeo. Es fuerte y esplendoroso fecundando a la Madre Tierra. Todo el mundo está dominado bajo este “espíritu de fuego”, como muy acertadamente reza el lema de las hogueras de San Juan de A Coruña. Así será hasta la caída del Sol y su hundimiento tras los promontorios occidentales de la Costa de la Muerte del Sol.
Es precisamente en esta tierra cuyo nombre está ligada por siempre a la Madre Tierra soberana, Brigantia, donde se celebra con pasión esta noche mágica.
Esta soberana, ser que encarna a la Tierra, es la Morrigan irlandesa o la Moura galaica, que vela por el eterno silencio y descanso de los heroes que duermen en las necrópolis megalíticas de nuestras montañas. Estos señores de vasallos de la Edad heroica del Bronce depositarán como ajuar en sus cámaras mortuorias entre otros objetos sagrados un peine de oro como ofrenda a la Moura que se encargará de pasarlos al Alén o Más Allá, el Underworld.
Las mouras son seres élficos que puede ser objeto de desencantamiento durante esta noche de San Juan. En tiempos contemporáneos la codicia de las gentes llevó a una fiebre incontralable por destripar los enterramientos megalíticos en busca de los “tesouros” o bien el “ouro dos mouros”. Misión imposible.
Solo mediante el desencantamiento de la moura sería posible hacerse con tesoros de incalculable valor. Realizar esto es complejo.
Se necesita acudir a una necrópolis de mámoas como el Chao do Tesouro de Bares o bien a un Outeiro Sagrado como las Penas das Rodas en Outeiro de Rei con un sacerdote vestido con estola y capa talar que se preste a leer y desleer los evangelios, o bien la otra cara de una misma modeda en la eterna Gallaecia, un druida, que lea el mítico Libro de San Cipriano o “el Ciprianillo”, condenada óbra de un enigmático obispo herege de Cartago. El insigne historiador Bernardo Barreiro recordaba de sus tiempos como trabajador en el Archivo General de Simancas cómo multitud de campesinos procedentes de Galicia y Asturias acudían al archivo en requerimiento de la mítica guía de tesoros.
Sólo así dará aparición la Moura, que nos planteará una disyuntiva: se ofrecerá a sí misma o bien un tesoro que nos muestra. Habrá que elegir a la propia moura, bellísima mujer resplandeciente como todos los seres élficos del Más Allá, o bien al tesoro. Una de dos, y habrá que elegir bien.
A comienzos del mismísimo siglo XX, el campesino Hilario Alonso declara en un juício en la Audiencia Territorial de A Coruña que él y sus compinches realizaron esta ceremonia hasta que fueron descubiertos y detenidos por los Guardias de Consumos en la noche de San Juan. Hilario declaró que “había hallado allí una mujer descabellada y vestida de rraxa parda y los cabellos sueltos, y esto a bocanoche, y que traía en la mano unos pocos de pelos, y que le dijera que cuál le parecía mejor, aquello que ella traía en la mano o ella; e que el le respondiera que ella: y entonces que ella le mandara que fuese a cavar al dicho otero de la mámoa de Segade y que hallará un tesoro”.

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